“Lo único que querían saber era si él lo había hecho o no. La pregunta menos interesante que uno podría formular”

Noche oscura en una carretera australiana. Una iluminada sala de tribunal baña con su luz artificial a los asistentes. Un accidente automovilístico termina con la vida de tres niños: Jai, Tyler y Bailey. Un padre compungido desgrana una historia de desmayo, silencio y humedad. Robert Farquharson mira la negrura de una balsa donde acaba de hundirse el coche con sus tres hijos mientras él ha conseguido nadar hasta la orilla. Ahora está frente a un jurado popular durante un maratoniano juicio.

“¿Qué es peor? ¿Vivir con las sospechas y varias posibilidades y nunca saber la verdad, o vivir con la verdad de algo demasiado horrible como para asimilarlo?”

Esta dicotomía será la que narre la periodista Helen Garner durante las audiencias por el crimen. Sospechas, dudas, miedo, empatía, silencio. Durante el juicio, los datos y los alegatos -tanto de la defensa como de la fiscalía- tejen una confusa maraña sobre los hechos. Sólo el regusto amargo del horror quedará flotando tras la lectura del libro. Los hechos se remontan a septiembre de 2005, Día del Padre en Australia. Aunque el libro no se publicará hasta 2012 y, traducido por Alba Ballesta, en Libros del KO en 2018. “Para nosotros era una cuestión de honor no ceder a la sorpresa o a la decepción”

Durante las interminables sesiones en la Corte Suprema de Victoria, la autora nos cuenta esa galería de personajes que moldean la tragedia. Las familias destrozadas, las investigaciones policiales y de la fiscalía, testigos especialistas en diversas áreas. Un poliedro de expresiones salpicadas por los comentarios y valoraciones de la escritora. “la devolvería al virulento terreno del comportamiento humano, donde la razón lucha por hacerse escuchar y todo el mundo se siente con derecho a expresar su opinión”.

“Cuando llegué a casa al final de esta quinta semana, me sorprendía descubrir que el mundo más allá del juicio seguía adelante con su humilde existencia”.

Amargura, extrañeza, tristeza, ternura, fractura, maleza, espesura. Muchos sentimientos y expresiones nos asolan durante la lectura. La escritora consigue transmitir el tedio, la paradoja de que la búsqueda de la verdad es difusa y compleja, la dificultad de mantener la objetividad en un caso tan terrible. En muchos momentos nos encontramos sudando dentro de la sala, viendo al resto de periodistas con una mirada lánguida y fatal. Y, posiblemente, ese sea el gran acierto del libro: transmitir la atmósfera de un juicio sobre un suceso brutal, que golpea a una pequeña comunidad y tambalea ciertos cimientos sobre la posibilidad del espanto y la frágil línea que separa el bien del mal.

¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”. No lo sabremos. Nos queda la sospecha o, remendando las frases manidas de los juicios, más allá de toda duda razonable nos seguirá la sombra del recelo, la conjetura o el barrunto del final en ese coche que se fue hundiendo poco a poco en una noche fría y oscura.

Y, finalmente, como escribe la autora en los últimos párrafos del libro: “Los coches circulan en silencio por las calles monocromáticas. La maleza fresca y húmeda brota a los pies de las vallas. El aire está tranquilo y frío. La nube gris que nos cubre nunca se disolverá. El tiempo se detiene. No hay futuro. Nuestra propia desolación se manifiesta en el desgastado paisaje volcánico. La fuerza vital se consume poco a poco en un rincón secreto”.

La casa de los lamentos, Helen Garner. Madrid, Libros del KO, 2018. Traducción de Alba Ballesta.



‘La casa de los lamentos’: crónica desde y para el juzgado was originally published in Papel en Blanco on Medium, where people are continuing the conversation by highlighting and responding to this story.