Una de las cosas que más me gustan es sentarme a solas en una cafetería o una terraza, con un café o una copa de vino blanco. A veces llevo conmigo un libro y me dedico a dejar pasar el tiempo, absorta en la lectura, mientras el mundo sigue su curso a mi alrededor. Otras, mi vista deambula por la clientela del lugar e imagino la historia de cada persona, sus conversaciones, como si esa escena fuera en realidad un capítulo de una novela que alguien, en ese mismo instante, estuviera escribiendo.

Cerca de la librería donde trabajo hay una cafetería a la que suelo ir. Tiene una terraza soleada donde me gusta sentarme (a la sombra, tranquilos todos) y donde hace un tiempo empecé a coincidir con un señor de mediana edad y rostro afable. Siempre que lo veía estaba leyendo y yo, curiosa, trataba de descubrir qué títulos de reojo. La deformación profesional, entendedme. Una cosa que sucede en esa terraza es que suele estar llena de palomas, cada vez más sociables y pedigüeñas. Todo el mundo las espanta menos ese señor y yo que, a escondidas, les lanzamos migajas o unos pocos frutos secos. A partir del momento en el que descubrimos que ambos hacíamos lo mismo se estableció entre nosotros una simpática relación de miradas. Solíamos saludarnos con un “buenos días” o “buenas tardes” y nos echábamos un vistazo silencioso a los libros que cada uno estaba leyendo. Una tarde, por ejemplo, él leía Monstruos parisinos de Catulle Mendès y tenía un ensayo sobre Klimt encima de la mesa; yo llevaba en mi bolso Primavera Mortal de Lajos Zilahy.

Un día me senté en la terraza con una de mis dos compañeras de librería. Fue ella la que me contó que el señor era pintor, que lo conocía de su época de alumna en la escuela de Bellas Artes. Entonces comprendí un poco su afición por los libros de arte, aunque también era cierto que solía encontrármelo leyendo muchos ensayos de música.

Hace unos meses el señor entró por primera vez en mi librería y arqueó las cejas al verme. Al parecer, empezó a entender muchas cosas de mí en su cabeza, de la misma manera que yo de él al enterarme que se dedicaba a la pintura. Pareció contento de verme allí. Desde entonces, ha venido con más o menos asiduidad. Seguíamos saludándonos y poco más, hasta que por fin entablamos algo de conversación la última vez que vino a comprar.

Para mi sorpresa, me pidió El ingenio de los pájaros de Jennifer Ackerman. No imaginaba que le interesaran tanto los pájaros y no pude evitar decirle, cuando estaba pagando, que se trataba de un libro que a mí me había gustado mucho. Entonces el sonrió con mucha alegría y me dijo: “Déjame entonces que te diga qué libro es maravilloso: El don de la fiebre de Mario Cuenca Sandoval. ¿Lo has leído?” Le contesté que no y, antes de cobrarle, le pedí que esperara un instante y corrí a la estantería, cogí el libro, volví al mostrador y le dije: “Voy a guardármelo. Así no olvidaré leerlo.” Y él se despidió contento.

Cuando la puerta se cerró y me quedé sola en la tienda empecé a leer la sinopsis de la novela y entonces comprendí su entusiasmo: Olivier Messiaen, compositor, organista y ornitólogo. Supe de su existencia hace años, cuando en mi época de estudiante de filología clásica descubrí la pasión de este hombre por los ritmos de la antigua Grecia; así fue como supe también de su amor por el canto de los pájaros, de los que decía que eran los mejores músicos. Messiaen solía transcribir el canto de las aves en sus viajes por el mundo, e incorporó esas transcripciones en muchas de sus composiciones. Por tanto, el pintor volvía a uno de sus temas favoritos, la música, esta vez investigando tras los pasos de, tal vez, quiero imaginar, uno de sus compositores más admirados.

Cerré el libro con una sonrisa y pensé en las palomas, en nuestro afán por darles de comer a hurtadillas. Todo encajaba como en una partitura. Creo que sobra decir que me compré la novela de Cuenca Sandoval y que está ahí, en mi pila de la mesilla para ser leída. Espero con ansia el día que los dos leamos nuestros respectivos libros y que charlemos sobre nuestras impresiones; sobre la música, los pájaros. Quién sabe la de historias fantásticas que él compone con los colores en sus cuadros y que puede llegar a contarme en una tarde futura y soleada.



El pintor was originally published in Papel en Blanco on Medium, where people are continuing the conversation by highlighting and responding to this story.